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Paseando con la cara de un asesino


CheGuevaraHastalaVictoriaSiempreVisto en el Club Liberal Auténtico:

Ayer, volví a verlo. Volví a ver a un chaval menor de edad con una de esas camisetas. Con una de esas camisetas que tiene la cara del Che Guevara. Y de vez en cuando hay que recordar la historia real de este criminal.

¿Para qué? Se dirán. Simplemente para recordarles a los que pasean con la cara del Che Guevara, que el citado guerrillero, no era más que un asesino. Sorprendente noticia, ¿verdad?

Pues hay mucha, pero que muchisima gente que lo desconoce. Tienen al Che en una especie de pedestal de oro gracias a la propaganda lanzada por los regímenes comunistas durante el siglo XX y se niegan a aceptar la verdad.

Desconocen que el Che Guevara protagonizó (entre otros hechos execrables) el inicio de la represión revolucionaria organizada en Cuba.

En enero de 1959, Ernesto Guevara, gracias a ordenes de Fidel Castro, se hizo cargo del mando en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, fortificación defensiva construida por los españoles en el siglo XVII para defender la ciudad de La Habana de los ataques ingleses y corsarios.

lacabanaEn ese emplazamiento Ernesto Guevara supervisó el inicio de la aplicación de la “Justicia Revolucionaria” en la isla de Cuba. De revolucionaria tenía mucho, de Justicia, nada. En ese lugar, en enero de 1959, comenzaron a celebrarse supuestos “juicios” que llevaron a numerosas personas a ser fusiladas en la misma fortaleza.

Los “juicios” se celebraban por la noche y con las instrucciones que el propio Che Guevara manifestó al abogado Miguel Ángel Estrada:

“Hay que trabajar de noche. El hombre ofrece menos resistencia de noche que de día. En la calmanocturna la resistencia moral se debilita. Haz los interrogatorios de noche.”

“No hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hayque saber es sí es necesario fusilarlo. Nada más.”

“Mira, tenemos que establecer la pedagogía del paredón.”

“Debe dársele siempre al reo la posibilidad de hacer sus descargos antes defusilarlo. Y esto quiere decir, entiéndeme bien, que debe siempre fusilarseal reo, sin importar cuáles hayan sido sus descargos.No hay que equivocarse en esto. Nuestra misión no consiste en dar garantíasprocesales a nadie, sino en hacer la revolución, y debemos empezar por las garantías procesales mismas.”

Además de criminal, torturador

En La Cabaña Guevara aplicó una técnica que ya había utilizado en Sierra Maestra para ablandar a los prisioneros durante los interrogatorios: el fusilamiento simulado. Según palabras de Fernando Díaz Villanueva: “Juzgaban al reo en una farsa procesal absoluta, después en plena madrugada lo conducían al foso donde la sangre de los anteriores fusilamientos aún relucía a la luz de las luz de la luna. Cuando el reo se había encomendado a Dios, a la Virgen María y al santo de su devoción, cuando el infortunado había perdido toda esperanza y contaba pro segundos el tiempo que le quedaba de vida, el pelotón no disparaba. No cuesta demasiado imaginarse la desesperación y el sufrimiento psicológico del condenado. Con prácticas como esta el Tribunal Revolucionario de la Cabaña obtuvoinculpaciones voluntarias más propias de una banda de mafiosos sicilianos que de un tribunal militar.”

José Vilasuso

José Vilasuso formó parte del cuerpo de instructor de expedientes del Tribunal Revolucionario de La Cabaña. Exiliado nos cuenta en sus memorias:

En enero de mil novecientos cincuenta y nueve trabajé a las órdenes del conocido dirigente en la Comisión Depuradora, Columna Ciro Redondo, fortaleza de La Cabaña. Recién graduado de abogado y con el entusiasmo propio de quien ve a su generación subir al poder.
Formé parte del cuerpo instructor de expedientes por delitos cometidos durante el gobierno anterior, asesinatos, malversaciones, torturas, delaciones, etc. Por mi escritorio pasaron expedientes de acusados como el comandante Alberto Boix Coma, quien reportaba los partes de guerra gubernamentales y Otto Meruelo, periodista. La mayoría de los encartados eran militares de baja graduación, y políticos sin relieve ni carisma. Por su parte, los testigos fueron jóvenes fogosos, revanchistas, ilusos o pícaros deseosos de ganar méritos revolucionarios. Recuerdo a un teniente apellidado Llivre, de acento oriental, que me azuzaba. “Hay que dar el chou, traer de testigos a revolucionarios de verdad, que se paren ante el tribunal y pidan a gritos; justicia, justicia, paredón, esbirros.. Esto mueve a la gente.” El entonces comisionado por Marianao, una vez nos axhortó, ” A éstos hay que arrancarles la cabeza, a todos.”

De inicio componíamos los tribunales letrados civiles y militares, bajo la dirección del capitán Mike Duque Estrada y los tenientes, Sotolongo, Estevez, Rivero que terminó loco y los fiscales Tony Suárez de la Fuente, Pelayito apellidado “paredón o charco de sangre,” entre otros, quienes en su casi totalidad desertamos a causa de los excesos a la vista. Posteriormente aforados sin instrucción legal, ocuparon nuestros puestos.

Hubo familiares de víctimas del anterior régimen a quienes cupo juzgar a los victimarios. Entre ellos, el capitán Oscar Alvarado, cuyo hijo Oscarito, fuera horriblemente ultimado por paramilitares. Pero Alvarado dejó un rastro de cordura y equidistancia a la hora de dictar sentencias. El primer procesado que tuve ante mis ojos se llamaba Ariel Lima, exrevolucionario pasado al bando gubernamental, su suerte estaba echada; vestía de preso, lo vi esposado y los dientes le temblaban. De acuerdo a la ley de la Sierra, se juzgaban hechos sin consideración de principios jurídicos generales. El derecho de Habeas Corpus había sido suprimido.

Las declaraciones del oficial investigador constituían pruebas irrefutables. El abogado defensor limitaba su acción a admitir las acusaciones aunque invocando la generosidad del gobierno, solicitaba una disminución de la condena. Por aquellos días Guevara era visible con su boina negra, tabaco ladeado, rostro cantinflesco, y brazo en cabestrillo. Estaba sumamente delgado y en el hablar pausado y frío, dejaba entrever su “posse” de eminencia gris y total sujección a la teoría marxista. En su despacho, se reunían numerosas personas discutiendo acaloradamente sobre la marcha del proceso revolucionario. Sin embargo, su conversación solía cargarse de ironía, nunca mostró alteración de temperamento y tampoco atendía criterios dispares. A más de un colega lo amonestó en privado, en público a todos: su consigna era de dominio público. “No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción. Es una pandilla de crimnales, asesinos. Además, recuerden que hay un tribunal de Apelación.” El tribunal nunca declaró con lugar un recurso, confirmaba las sentencias de oficio y lo presidía el comandante Ernesto Guevera Serna.

Las ejecuciones tenían lugar de madrugada. Una vez dictada la sentencia, los familiares y allegados estallaban en llantos de horror, súplicas de piedad para sus hijos, esposos etc. La desesperación y el terror cundían por la sala. A numerosas mujeres hubo que sacarlas a la fuerza del recinto. El siguiente paso era la capilla ardiente donde por última vez se abrazaban unidos por el dolor. Aquellos abrazos por minutos parecían preludiar un largo viaje. Al quedarse solos hubo quien se resistió hasta el instante de la descarga, otros iban anonadados, trémulos, abismados; un policía como última merced solicitó que le dejaran orinar, varios sentenciados ese día conocieron qué era un sacerdote, más de uno murió proclamando “soy inocente.” Un bravo capitán dirigió su propia ejecución. Presenciar aquella carnicería a manos de bisoños y lombrosianos, fue un trauma que me acompañará hasta la tumba y tengo por misión divulgar hasta la tumba, a los cuatro vientos. Durante aquellas horas los muros del imponente castillo medieval recogieron los ecos de las marchas en pelotón, rastrillar de los fusiles, voces de mando, el retumbar de las descargas, los aullidos lastimeros de los moribundos, el vocinglerío de oficiales y guardias al ultimarlos. El silencio macabro cuando todo se había consumado.

Frente al paredón huellado por las balas, atados al poste, quedaban los cuerpos agonizantes, tintos en sangre y paralizados en posiciones indescritibles; manos crispadas, expresiones adoloridas, de asombro, quijadas desencajadas, un hueco donde antes hubo un ojo. Parte de los cadáveres con la cabeza destrozada y sesos al aire a causa del tiro de gracia.

De lunes a sábado se fusilaban entre uno y siete prisioneros por jornada; fluctuando el número conforme a las protestas diplomáticas e internacionales. Las penas capitales estaban reservadas a Fidel, Raúl, Ché y en casos menores al tribunal o al Partido Comunista. Cada integrante de pelotón cobraba quince pesos por ejecución y era considerado combatiente. A los oficiales les correspondían veinticinco. En la provincia de Oriente se aplicaron penas máximas sumarísima y profusamente; pero no poseo cifras confiables. Presumo que algunos cálculos son exagerados. Aunque en total en La Cabaña, hasta el mes de junio de aquel año, debieron fusilarse no menos de seiscientos reos, más un número indefinido de condenas a prisión, producto de una lucha en que murieron unas cuatro mil personas entre ambos bandos.

Me he basado para escribir este artículo en la Biografía del CHE GUEVARA escrita por Fernando Díaz Villanueva.

Si quieren más información pueden acudir a:

Che Guevara, la máquina de matar

El Che Guevara: una violenta, selectiva y fría máquina de matar

El carnicerito de La Cabaña

Ché, anatomía de un mito (vídeo)

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