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Opinión en la Red: “12 de octubre: España, ¿roja o rota?”


Por su interés publicamos el siguiente artículo de Andrea Martos Esteban aparecido inicialmente en el Instituto Juan de Mariana:

trescarabelasEl 5 de diciembre del treintaicinco, meses antes de que la barbarie y la muerte separasen a familias, parejas, amigos y vecinos, Leopoldo Calvo Sotelo se pronunció en las Cortes españolas como sigue: «Entre una España roja y una España rota, prefiero la primera, que sería una fase pasajera, mientras que la segunda seguiría rota a perpetuidad». La herida estaba abierta y las consecuencias de la supuración no tardarían en llegar.

Hoy me separan 2.500 kilómetros de España, de Madrid, muy en concreto. Vd. comprende que allende los mares una no puede evitar preguntarse qué espera de ese constructo, España, al que lleva poniéndosele fecha de caducidad desde el mismo día en que se fundó. Y ahí sigue -seguimos-. El hecho es que no me pregunto si quiero una España roja o una rota, porque la dicotomía está viciada de origen, pretende separar, destruir, y olvida lo fundamental de una sociedad, cualquiera que sea.

Hace ahora tres años que tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de Walter Castro en la Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana. Quizá sepan de antemano a la que me refiero, pues no fui ni la primera ni la única a quien aquellas reflexiones le cambiaron por completo. A mi entonces juvenil entendimiento, el liberalismo lo componían alícuotamente asuntos económicos, políticos y morales. Después del largo aplauso que sucedió a la sesión, asumí como mías un par de ideas que aún hoy centran mi pensamiento. Entendí que ser liberal era una cuestión eminentemente moral y que una de las virtudes centrales del liberalismo -con el apellido que se quiera- era la sociedad diversa. Estupendo si la libertad económica traía prosperidad, pero esto, si bueno, era secundario.

Muy caro a la España que hoy comento es aquello de entender cada fiesta como a uno más le convenga y de las formas más dispares posibles. Y celebro que así sea. Acerca de la fecha que nos ocupa, existe una ley del año 1987 que indica que el 12 de octubre es la fiesta nacional. Ni el Día de la Hispanidad. Ni el día de la Raza. Ni el Día del Descubrimiento. La fecha se eligió por cuando Rodrigo de Triana avistó la tierra que más tarde conoceríamos como América. La hispanidad, sin embargo, es algo mucho más cercano a nuestros días. Zacarías de Vizcarra, vasco, cura y maestro de Ramiro Maeztu, utilizó el término por primera vez y desde entonces forma parte de nuestro acervo lingüístico. Tan sencillo como eso.

La Hispanidad, con mayúscula, es precisamente el paradigma de la sociedad diversa. Tal es la diversidad que esa hispanidad ocupa que abarca ambos hemisferios, cinco continentes, treinta países y 500 millones de hispano-hablantes. Ni la religión ni las fronteras ni los imperios han sido capaces de homogeneizar a tan abrumador número de individuos. Ha sido el idioma, capaz de moldear el cerebro como ningún otro elemento, el que ha fusionado las más variadas culturas, tradiciones, creencias e ideas.

Esa sociedad crisol de tanto, de todo y de todos, es el delicado resultado de entender íntimamente eldejar hacer, dejar pasar, de recordar de cuando en cuando que el mundo funciona por sí mismo. Esta hispanidad a veces acoge, a veces acepta, a veces tolera y a veces rechaza. La realidad es afortunadamente compleja y no existe fórmula idónea para mantener el equilibrio. Cualquier intento de someter a esta maravilla al lecho de Procusto ha acabado -y acabará- en tragedia.

En las distintas familias del liberalismo, la relevancia de la cuestión nacional va de la indiferencia a la exaltación. Como uno se identifique con la patria es cuestión estrictamente privada. A mi particular entender, la patria es la lengua porque me reconozco en la hispanidad cuando a esos 2.500 kilómetros de España intercambio unas palabras con un mejicano o un argentino. Mi siguiente estadio de identificación es la patria chica, el Madrid que conozco palmo a palmo -la calle del Codo y la del Lazo- y de cuyos excesos y defectos puedo reírme porque los entiendo, los comparto, aunque no quiera, y me recuerdan que lo preciado de esa mezcla inescrutable de variación e integración.

Por una hispanidad más diversa, por una sociedad más libre. Y que valga la redundancia.

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